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LEYENDAS

Zaruma es muy rica en eso de cuentos, mitos, leyendas y fantasías. Predominan aquellas con matices de terror, de espanto, de aquelarres o episodios fantasmagóricos, como narraban nuestros abuelos. El Dr. Gonzalo Rodríguez ha recogido de la memoria colectiva muchas de estas visiones alucinantes:

 

El Diablo en la Calderona

Cuenta lo sucedido a principios del siglo XX al sereno Ángel María, encargado de encender los faroles en las noches y dar las horas cuando en Zaruma aún no había un reloj público. El sereno vivía en el barrio San Francisco y cierta noche escuchó el llamado desesperado de un viajero a quién se le apareció el diablo en el sitio la Calderona, un lugar tétrico que desemboca en un barranco.

“¡Ángel  María!   ¡Ángel  María!   ¡Por Dios, socórreme!  Gritaba desesperado el infortunado hombre.

El “Negro” Ángel María sale angustiado a ver qué pasa y ¡Oh sorpresa! Observa que el hombre se acercaba montando un asustado burro y con el Diablo al anca. Presuroso el sereno penetra a su casa y regresa de inmediato con un crucifijo bendito; Cristo clavado en la cruz que había recibido en la Iglesia por muchas ocasiones baños de agua bendita; ante esta circunstancia, el bulto maléfico se desprendió y rodo barranco abajo haciendo un ruido tremendo. Su cuerpo peludo se fue perdiendo en la obscuridad, aunque sus ojos de braza, como “puchos” encendidos de cigarro, aun se dejaban ver lejos.

El hombre que vivió el terrorífico episodio cayó desde la silla de montar al suelo, sin conocimiento, mientras que el burro bajaba la calle San Francisco a carrera desenfrenada…

Unos vecinos acudieron al bullicio, trataron de ver al diablo pero fue imposible, únicamente un hombre con palidez de muerte yacía desmayado mientras el ambiente se impregnaba de olor a azufre quemado y una fetidez de porquería…………”

 

La Dama Misteriosa     
 

Cuenta esta leyenda que, atraídas por el oro,  a Zaruma llegaban personas de toda índole desde tiempos coloniales. Entre ellas, una bella mujer señalada por la comunidad como pecadora y perseguidora de hombres. Jamás pisó la iglesia,  y cuando murió de manera inesperada unas damas caritativas la depositaron  directamente en  un hoyo del cementerio, porque el cura no quiso ni oír que una mala mujer entre al templo, pues éste podía reventar por la presencia de un cuerpo que era un fardo apretujado de pecados.

Pasado el tiempo, esta mujer pasó a convertirse en “alma en pena”. Se la veía por las noches alrededor de la quebrada denominada Juan Gómez y por el camino que conduce hacia la mina el Sesmo. Conservaba un cuerpo esbelto, un rostro hermoso, un cabello sedoso y ondulado, labios voluptuosos y un mirar coqueto. Los hombres que caminaban por dicho lugar, especialmente los mineros españoles y criollos, eran atraídos por  aquella figura y la seguían para cortejarla, sin jamás lograr alcanzarla. Por algún motivo sobrenatural, siempre mantenía una distancia frente al sátiro perseguidor.

En un punto cualquiera, la dama se detenía con manifiestas intenciones de corresponder a su pretendiente mostrando su hermoso rostro, mientras el emocionado galán quedaba extasiado frente a una radiante ninfa de hermosura indescriptible. De repente, sus ojos se perdían en la nada, dejando dos oquedades huesudas, sus encarnados labios caían para dejar sus dientes a la vista dibujando una sonrisa de tétricos presagios… el rostro iba desintegrándose poco a poco, prontamente, y el cabello sedoso y ondulado desaparecía quedando su cabeza en calavera y todo su tentador cuerpo en esqueleto.  

El pobre galán, con este cuadro de horror salía en arremetida fuga, era presa de convulsiones o pérdida de conocimiento cayendo pesadamente al suelo húmedo y frio de la noche.